Morrorock

Morrorock

MORRO-ROCKING DEAD

Acaba el episodio de The Walking Dead (me gusta la serie: me ayuda a caminar por el presente) y me encuentro en el correo con uno de asunto “Morro-rock”. Lo primero que pienso es que me amenaza un virus zombi y me planteo si tengo que abrir el mensaje con un destornillador. Pero no: es Fran, que me informa sobre la creación de una página sobre el Morro-rock, me enlaza con otra página que habla de Obras Públikas y me pide que escriba algo sobre ese festival que se celebró en Logroño a mediados los años ochenta del siglo pasado.

Un zombi dentro entonces se da la vuelta y camina hacia aquellos sonidos lejanos. Yo le sigo porque, como él, me mueve la música. Ya tendré ocasión de clavarle el destornillador.

Siempre creí que MRRCK fue el invento de los miembros de tres o cuatro grupos de la ciudad que, echándole morro, se plantaron en el Ayuntamiento con su idea y que esa idea llegó al funcionario adecuado. No sé quiénes fueron los músicos, pero sí quién fue aquel empleado público: Jesús, el del medio de Carmen, Jesús e Iñaqui.

Más allá de nombres y maldades, el MRRCK surgió en 1984 en Logroño y creció hasta 1987. Fue fruto de esta ciudad y de su tiempo. Una ciudad en la que los hijos de la explosión demográfica del desarrollismo franquista, como en tantas otras ciudades españolas, abandonaban el pasotismo y salían a las calles dispuestos a pintar las paredes que la Transición no había derribado. Un tiempo en el que ya no mandaba la derecha de siempre, y en el que los socialistas de entonces necesitaban un voto nuevo: el de esos jóvenes. Un tiempo en el que, como dijo alguien, cada vez que un ministro, un consejero o un concejal oía la palabra cultura sacaba el talonario.

1985 fue el Año Internacional de la Juventud. 1986 fue el Año Internacional de la Música. O viceversa. Ese año fuimos europeos. Ese año fuimos de la OTAN. Y esos años fueron los años de mi juventud.

Logroño era entonces una ciudad que levantábamos cada noche en la barra de garitos como el Tifus, el Jamonero, el Arca, el Torres, el Dickens, el Rex, el Continental, el Planta Baja, el Plas, el Rift, el Celta. Una ciudad que aún no tenía Universidad, pero que se sostenía con la Escuela de Magisterio y el Colegio Universitario, la Escuela de Teatro y Cámara Oscura, la Industrial y Peritos. Una ciudad en la que no se escuchaba Radio 3 pero en la que existieron un par de radios libres: Radio Merlín / Radio Kaña y Krámer. Una ciudad que ya no tenía fanzines, pero en la que se editaban revistas como Calle Mayor o Logroño ciudad. Una ciudad que levantábamos cada noche, pero que no queríamos que se desvaneciera por la mañana. Y esa ciudad era la mía.

Y estaba también la música, claro, que era el fondo y la forma, la piel y la mirada, el latido, las palabras. Y las canciones de la nueva ola británica o las canciones que venían de Madrid, Vigo o el País Vasco nos ayudaban a derribar rutinas heredadas y a buscar aire fresco. Habiendo punk, ¿quién necesitaba el heavy? Pudiendo bailar pogo, ¿para qué enredarse con el rock sinfónico? Estando Siniestro Total, Parálisis Permanente, Radio Futura o La Polla Records ¿por qué escuchar a Ramoncín, a Topo, a Bloque o a Barón Rojo?.

Y mi ciudad tenía sus grupos rock. Y los grupos eran dos: los que me gustaban y los que no. Al principio, los grupos que me gustaban se llamaban Ente, Mezcla, Ozono, Combustión, Casablanca; y ya en los ochenta, Fríos, Calculadores y Distantes, Galletas María, Elecciones Generales, Vertical Dadá, Futuro Método. Tal vez me gustaban esos grupos porque eran amigos, o porque formé parte de ellos. Es lo mismo. La música de estos grupos me alegraba el corazón y las neuronas.

Y en la primavera del 85, mi corazón y mi cabeza estaban con mi grupo: Obras Públikas.

Obras Públikas no hubiera existido sin el MRRCK. Hubiéramos dado un par de conciertos (uno punk el 4 de mayo de 1985 en el Espolón para darle la malvenida a Ronald Reagan y otro desenchufado al día siguiente en el Tifus para resarcirnos lo de lo chungo que nos salió el primero). Hubiéramos tenido una única formación (Jota y Piru como vocalistas; Emilio, bajista; Nacho, baterista, y Míkel y yo con las guitarras) y hubiéramos dejado un grafiti musical en la memoria de tres o cuatro: “Reagan hijo puta”.

Pero no: ese verano el Ayuntamiento de Logroño cambió de formato el MRRCK y decidió que fuera un concurso en el que los dos primeros grupos grabasen un single y que los cuatro primeros actuaran en la plaza en San Mateo.

Así que le apretamos las tuercas al grupo: Míkel se fue a Arnedo con los Miembros Activos, le dimos esquinazo a Piru y fichamos a dos forajidos de leyenda: Simón para que se hiciera los punteos y Rúper para que coloreara las canciones con su saxo. Ensayamos en el taller de cerámica que Julia tenía en la carretera del Cortijo. Transformamos el “Reagan” en un reggae fraudulento titulado “La resaca de Ignacio Santiago”; Nacho trajo un tema con tensión: “No metas a la tabla en esto”; arreglamos el ska “Etiopía” para ser cara A, y montamos dos versiones: “La locura del doctor Muro”, un tema original de Vertical Dadá, y “Europa”, una canción que compusieron Poch, de Derribos Arias, e Iñaqui, de Glutamato Yeyé. Y como morro no nos faltaba, nos inscribimos.

No había entonces mucho que hacer en Logroño, así que la basca bajó hasta el aparcamiento del Adarraga. Cuando nos tocó actuar, más o menos a medianoche, a la gente ya le estaba subiendo todo.

A nosotros también: Jota subió al escenario medio disfrazado de Cosculluela, con un bigote postizo y una señal de tráfico. Emilio estaba a mi derecha, con su Precision. Al otro lado Simón, con su Les Paul y Rúper con el tenor. Marcó Nacho y empezamos a tocar.

No tengo más memoria que unas fotos en blanco y negro que hizo Ernesto y una casete que no puedo escuchar. Aunque supongo que llevábamos los temas un poco al dengue, que nos colamos aquí y allá, todo está bien en mis recuerdos. Hasta el sonido: en la mesa de mezclas estaba Nano y no el sordo habitual. La peña se lo pasó bien. Nosotros nos divertimos. Y eso era todo: solo rock & roll.

Pero no fue así. Birras bebíamos cuando oímos el fallo. Quizá por ser distintos. Quizá porque solo queríamos divertirnos. Quizá por sonar mejor. Quizá por tener un amigo en el jurado. No sé. Ganamos. Por todo el morro.

La noche que ganamos el MRRCK, la madrugada del 8 septiembre de 1985, llegué a casa al amanecer. Mi madre apareció en mitad del pasillo.

–Mamá –le dije–, hemos ganado el MRRCK.

–A tu edad… Anda –me dijo–, anda… métete en la cama.

No lo hice hasta un par de años después, cuando nos disolvimos. Aunque en ocasiones me sigo despertando en medio de ese sueño de ciudades que se hacen y de sueños que se desmoronan, músicos que desaparecen y canciones que me ayudan a soportar el presente. Como los zombis.

Y ahora, disculpadme: tengo que clavarle el destornillador.

José I. Foronda

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