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Casablanca

Cada generación busca sus leyendas. Cada grupo encuentra sus héroes. Cada cual tiene su mito. La cultura popular es especialmente dada a este tipo de búsquedas y de hallazgos, de deslumbramientos. Y el rock, uno de los motores de la cultura popular de los últimos cincuenta años, no es ajeno a ello.

Componiendo una melodía con los recuerdos musicales de mi primera juventud doy con uno de esos grupos cuyo nombre el tiempo, en mi interior, ha ido haciendo más y más grande. Y ello a pesar de que nada lo ha alimentado, únicamente la memoria de su nombre. El nombre de ese grupo es Casablanca.

La sombra que proyecta Casablanca en mi memoria es enorme. Puede que sea porque la luz está más lejos cada día. Recién salido de la adolescencia, con el viento del rock soplando por la espalda, contar con un grupo como Casablanca dentro del exiguo plantel de las bandas de rock del Logroño de la Transición suponía una razón para creer, un motivo para soñar. Y cuando actuaban en directo, la mejor excusa para subir alto y bailar sin pausa.

Quizá Casablanca no fuera lo legendario, mítico o heroico que mi memoria supone. Quizá simplemente fue la aventura de un grupo de amigos que quiso hacer de la música el centro de sus vidas. Esa aventura resultó definitiva para los cuatro logroñeses que la protagonizaron. Y eso me parece razón suficiente para alumbrar esta historia.

Una comuna jipi

Cuenta la leyenda que Casablanca nace cuando Roberto Gil, Rúper, decide abandonar Zaragoza y regresar a Logroño junto con su grupo de amigos, veinteañeros y melenudos, para montar un bar y formar una banda de rock. Es la primavera de 1977. En el viaje le acompañan Alberto Moreira, Pablo Jiménez y Domingo Martínez, y sus parejas (Amalia, Maite, Alicia&hellipicon. Y una vez que se han instalado, se incorpora al grupo Rafael Ibarrula, Chafa.

En la foto de Amalia Molina aparecen Rúper, Chafa, Quique, Alberto, Tata, Domingo, Galo, Lali y Pablo.

Texto: José Ignacio Foronda

“El grupo se formó en 1977 con Quique Soriano a la guitarra, Ruper al saxo y flauta, Pablo al saxo alto, Domingo a la batería, Alberto al bajo, Galo técnico de sonido, yo al órgano y Tata y Lali a la voz.

Casablanca fue algo parecido a una comuna Hippie. Al principio solo estábamos seis componentes sin Tata ni Lali ni Galo.

Comenzamos a hacer rock progresivo con unas melodías muy locas y ritmos desenfrenados bajo la supervisión de Quique, un gran guitarrista que sabía mucha música y de alguna manera ordenaba toda la energía que fluía por las mentes visionarias de Pablo, Domingo y Alberto. Estos vinieron desde Zaragoza y se instalaron en Logroño y junto con Ruper, pusieron en marcha el bar Merlín, lugar de culto en la contracultura Logroñesa. Todos vivían juntos y en aquel gárito fluía música a todas las horas y también vapores hipnotizantes.

Posteriormente se juntaron Tata Quintana y Lali (Dolores Mar). Con ellas empezamos a hacer música para verbenas, sin llegar a tocar la típica música de verano. Salsa , Chachachás, rock and roll, bossas….. algo parecido a lo que hacía la orquesta Platería en Barcelona.

Nos seguía una legión de colegas y colgados tal, que cuando llegábamos a tocar a los pueblos, la gente se asustaba al ver llegar semejante invasión de hippies y peludos.

Tocamos en varios festivales de rock, entre ellos, en la plaza de toros de Estella, junto a Barón Rojo, Asfalto, Ñu….. allí nos acompañó un autobus entero de seguidores.

Vivíamos en una nube constante, pero comenzaron los problemas económicos. Quique y Lali se casaron y se fueron a vivir a Barcelona. Lo sutituyó un guitarrista de Zaragoza, Daniel, un tipo loco y eléctrico que no llegó a suplir la marcha de Quique.

Así seguimos un tiempo hasta que los Zaragozanos, hartos de pasar penurias decidieron volver a su tierra.

El grupo no tuvo continuidad y en 1980 se deshizo, pero fue el germen de varios proyectos posteriores.” Rafael Ibarrula (www.rafael-ibarrula.com)

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